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Nivel A - Principiantes

Juego nº 3 - El laberinto del Minotauro

 

A partir del siglo V a.C. se acuñaron en la famosa ciudad de Knosos, al norte de la isla de Creta, interesantes monedas recordando el mito del minotauro, bestia mitad hombre, mitad toro, que encerrada en el laberinto de Dédalo, acabó muerta a manos del intrépido ateniense Teseo.

Ayuda a Teseo a llegar hasta el Minotauro.

 

 

¿Quieres saber la solución?

Pregúntale al oráculo (clic en la imagen)

 

   El Minotauro  
 

Androgeo, uno de los hijos del rey Minos de Creta, había ganado los juegos panatenienses, momento que aprovechó Egeo, el rey de Atenas, para retarle a luchar contra el toro de Maratón, que acabó con la vida del príncipe, aunque otras versiones apuntan a que éste murió a manos de conspiradores atenienses.

El rey Minos, enfurecido, lanzó su poderosa flota contra las ciudades del Ática, dejando aislada a Atenas, sobre la que pronto cayeron el hambre y las epidemias. Los atenienses claudicaron para conseguir la paz, y a cambio de su perdón, el rey de Creta les exigió un humillante tributo. Cada año debían enviar siete doncellas y siete jóvenes a Creta para que fueran devorados por el Minotauro, un monstruo con cuerpo de hombre y cabeza de toro que se alimentaba de carne humana.

Pasaron los años y llegó el momento del tercer envío. La noche anterior al triste día, el anciano rey Egeo se mostraba preocupado. Su hijo Teseo, que acababa de regresar a la patria, le preguntó qué pesar le afligía. El rey se lamentó por las vidas que tenía que enviar a Creta, y Teseo, con todo el ardor de su juventud, le dijo: -“¡Padre, permíteme que acompañe a las víctimas a la isla! ¡Me enfrentaré al Minotauro, lo venceré y te libraré de tan horrible deuda!”.

-“¡Jamás, hijo! ¡No consentiré que vayas! Dicen que el Minotauro es invencible. Vive oculto en un extraño palacio llamado Laberinto. Tiene tantos pasadizos y son tan intrincados que quienes se adentran en él no saben cómo salir y acaban por encontrarse con el monstruo, que los devora”.

 

Teseo era tan obstinado como intrépido e insistió hasta que el anciano rey, con el corazón desgarrado, acabó por ceder. A la mañana siguiente, Teseo se dirigió junto con su padre al Pireo, el puerto de Atenas. Allí aguardaban los jóvenes que iban a emprender su último viaje. En el muelle estaba atracada la galera real, que lucía unas tétricas velas negras. El rey explicó a Teseo: -“Esas velas son una señal de luto. Hijo mío..., si regresas vencedor, no olvides cambiarlas por velas blancas para que sepa, aun antes de que llegues a puerto, que estás vivo”.

 

Teseo se lo prometió, le abrazó y zarpó con el resto de los atenienses. Cuando la nave atracó en el puerto de Cnosos, el rey Minos les esperaba rodeado por su séquito. Teseo se presentó: -“Salve, poderoso Minos. Soy Teseo, hijo de Egeo”.

-“Espero que no hayas venido desde tan lejos a implorar mi clemencia”.- dijo el rey.

-“¡No! Lo único que te pido es que no me separes de mis compañeros”.

El rey comprendió enseguida: -“¡De modo que pretendes enfrentarte al Minotauro! En ese caso, habrás de hacerlo sólo con tus manos. Dejarás aquí tus armas. Ahora venid a comer y a descansar. Mañana os conducirán al Laberinto”.

Entre la comitiva del rey se encontraba Ariadna, una de sus hijas. A Teseo le había llamado la atención su belleza, pero se quedó sobre todo intrigado porque no dejaba de hacer punto -a ella le ayudaba a meditar.

Durante la noche, Teseo se despertó sobresaltado. Alguien acababa de entrar en su aposento, pero el particular chasquido de unas agujas de labor le reveló enseguida la identidad de la visita. Pronto se oyó una voz: -“No temas. Soy yo, Ariadna”. La hija del rey se acercó al lecho, tomó la mano del joven y le suplicó: -“¡Teseo, no vayas con tus compañeros! Si entras en el Laberinto, no podrás salir de él nunca más. Y no quiero que mueras...”. Los estremecimientos de Ariadna revelaron la naturaleza de los sentimientos que la habían empujado a ir a verle.

-“He de hacerlo, Ariadna. Tengo que vencer al Minotauro”.

 

-“Teseo, deja que te cuente una singular historia... El Minotauro es un monstruo, lo aborrezco, pero es mi hermano. -El ateniense quedó perplejo.- Mucho antes de que yo naciera, mi padre cometió la imprudencia de burlarse de Poseidón. Éste le había enviado un magnífico toro para que lo sacrificara como ofrenda, pero en su lugar le ofreció un toro flaco y enfermo. Al poco tiempo, mi padre se casó con Pasifae, mi madre, y entonces Poseidón, en recuerdo de la antigua ofensa, tomó su venganza. Consiguió que Pasifae perdiera la cabeza y se enamorara de un toro, de cuya unión nació el Minotauro. Mi padre no tuvo valor para matarlo, pero intentó ocultarlo para siempre de los ojos del mundo. Mandó llamar al mejor de sus arquitectos, Dédalo, quien diseñó el Laberinto. ¡Pero no te creas que estoy de parte del Minotauro! ¡Es un devorador de hombres que merece la muerte!”.

 

Teseo no cedía: -“He de matarle”.

-“Aunque lo consiguieras, no serías capaz de salir del Laberinto”.

Se hizo un profundo silencio. Entonces la muchacha se acercó al joven y le dijo: -“Teseo, si te proporciono el medio para salir del Laberinto, ¿me llevarías contigo? Conozco las costumbres y debilidades del Minotauro y sé como podrías vencerle. Te daré mis consejos y también una espada, pero tu victoria tiene un precio: ¡Me llevarás contigo y me harás tu esposa!”.

-“Está bien. Lo acepto”.

A Ariadna le sorprendió que Teseo aceptara enseguida. ¿Estaría enamorado de ella o simplemente dispuesto a admitir un trato para librar a su pueblo de aquella carga? ¡Qué más daba!

A la mañana siguiente, frente a la entrada del Laberinto, Minos ordenó a los atenienses: -“¡Entrad, ha llegado la hora!”.

Mientras los aterrorizados jóvenes iban entrando uno a uno en la extraña construcción, Ariadna le susurró al oído a su protegido: -“Teseo, coge este ovillo de hilo y, por lo que más quieras, no lo pierdas. Será lo que nos una”.

Los atenienses se adentraron en el laberinto encontrando una bifurcación tras otra y a veces entrando en pasadizos sin salida, viéndose obligados a retroceder. Dédalo había ideado la construcción de modo que siempre se llegara al centro de la misma, y eso fue exactamente lo que pasó. Al anochecer, las paredes les devolvían el eco de unos rugidos impacientes y en el aire flotaba un denso olor a carroña.

 

-“Ya llegamos” -murmuró Teseo- “Estamos cerca del monstruo. ¡Aguardadme y no os mováis de aquí!”.

Se marchó solo, sin soltar el hilo de Ariadna, y pronto se encontró ante el monstruo más horroroso que jamás se pudo haber imaginado: era un gigante con cabeza de toro y brazos y piernas musculosos, pero sabía cómo vencerle. El monstruo rugía y se enzarzaron en una violenta lucha. Teseo no soltaba a su presa y poco a poco lo fue reduciendo hasta que le hundió su espada y, tras un horrible bramido, el Minotauro exhaló su último suspiro. Se hizo un silencio insólito y pronto acudieron sus compañeros. –“¡Has vencido al Minotauro! ¡Estamos salvados!”.

 

-“Pero nos aguarda una muerte lenta, pues nunca seremos capaces de salir de aquí”. -Añadió otro joven.

-“No lo creo” -afirmó Teseo mostrándoles el hilo- “¡Mirad!”.

Gracias al hilo podían recorrer en sentido inverso el tortuoso y largo camino que les había conducido hasta el centro del Laberinto. Así lo hicieron hasta que llegaron a la salida. Allí, loca de amor y alegría, Ariadna corrió hacía Teseo y ambos se fundieron en un abrazo. Empezaba a amanecer y el grupo cruzó sigilosamente las calles de Cnosos hasta llegar al puerto. Teseo ordenó a sus compañeros que agujerearan los cascos de los navíos cretenses para que no les siguieran y emprendieron la huída en su galera.

Durante el viaje de vuelta, Teseo tuvo un sueño muy extraño con el dios Dionisos, que se le apareció y dijo: -“Es preciso que abandones a Ariadna en una isla. No será tu esposa. Para ella tengo proyectos más gloriosos”.

-“Pero es que le he prometido...”. -farfulló Teseo.

-“Lo sé. Pero tienes que obedecerme, o si no te expondrás a la cólera de los dioses”.

Teseo se despertó lleno de dudas. No quería abandonar a Ariadna. Pero al día siguiente les azotó una violenta tempestad que casi les hizo naufragar. Al anochecer se vieron obligados a atracar en la desierta isla de Naxos. Teseo vio en ello un aviso de los dioses. Al alba, mientras Ariadna estaba tendida todavía sobre la arena, Teseo reunió a sus hombres y les ordenó hacerse inmediatamente a la mar sin la muchacha. -“¡No queda más remedio! ¡Es la voluntad de los dioses!” -añadió al ver los rostros de reproche de sus compañeros. Desde luego Teseo desconocía los propósitos de aquel dios enamorado y celoso.

La fuerte tormenta había rasgado las velas blancas que Teseo ordenó izar por su victoria, así que izaron de nuevo las velas negras de luto y partieron rumbo a Atenas llenos de remordimientos.

Apostado en lo alto del faro que se alzaba en la bocana del Pireo, el vigía gritó: -“¡Barco a la vista! Es la galera real, que regresa. ¡Rápido, id a avisar al rey!”.

Esperanzado e inquieto, el rey Egeo llegó corriendo hasta los muelles. –“¿Y las velas?” -preguntó levantando la cabeza hacia el vigía. -“¿Puedes verlas y decirme de qué color son?”.

-“¡Teseo, ahora eres tú el rey!”- proclamaron los atenienses postrándose ante él.

 

-“¡Mi señor, son negras!”.

El anciano rey no quiso saber más y lleno de dolor se arrojó al agua y se ahogó. Cuando la galera atracó, acababan de recoger el cadáver de Egeo en la playa. Teseo fue corriendo hacia él. Enseguida comprendió lo que había sucedido y se maldijo por su descuido.

-“¡Teseo, ahora eres tú el rey!”- proclamaron los atenienses postrándose ante él.

El nuevo soberano se quedó un momento absorto ante el cuerpo y luego decretó solemnemente: -“¡De ahora en adelante este mar llevará el nombre de mi amado padre!”. Y es por eso que, desde aquel día, el mar que rodea Grecia se llama mar Egeo.

 

Mientras tanto, Ariadna se había despertado en la playa de Naxos. Sola, en la isla, dio rienda suelta a su dolor y estuvo gran rato lamentándose de la ingratitud de los hombres. Más tarde, encontró en la arena su labor inconclusa, cogió las agujas y se puso a tejer a la espera de que se cumpliera el prodigioso destino que ella todavía desconocía.

Allí se quedó haciendo punto y sin dejar de llorar. Pero no tendría que lamentar por mucho tiempo el abandono de su amado, pues muy pronto vendría a por ella el dios Dionisos, la tomaría por esposa y la llevaría consigo al Olimpo.

 

Estátera de 11,93 g, acuñada entre el 425-360 a.C. en Gortyn (Creta),
Gorny & Mosch, subasta 224 , lote 220A (Octubre 2014)

 


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Ancient Numismatic Mythology
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