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| Generalidades de la Numismática de Hispania Antigua |
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Llamada por griegos Iberia, posiblemente en alusión al río Iber (el actual Ebro), Hispania es el nombre por el que los romanos conocieron a la península Ibérica, es decir, a los actuales territorios de España y Portugal.
Roma prefirió la palabra Hispania, que etimológicamente podría significar "tierra de conejos", derivando de una voz fenicia alusiva a esta característica zoológica que tenían estas tierras en la antigüedad. La nueva denominación pervivió más allá del fin del Imperio Romano y por evolución lingüística fue transformándose, primero en Spania y después en España. Las corrientes colonizadoras griegas, fenicias, púnicas y cartaginesas, unidas a la población indígena -difícil de precisar- y a las "invasiones" celtas y de otros pueblos indoeuropeos, forman la extraordinaria diversidad de aquella Iberia prerromana. La parte oriental de la península la ocupaban pueblos indígenas diversos (ilergetes, edetanos, sedetanos, etc.) que tomaron el nombre del río Iber (Ebro) y que llamamos genéricamente iberos; el norte y suroeste estaba habitado por pueblos de origen celta (cántabros, vacceos, lusitanos, etc.), mientras que el área del alto Duero y sistema Ibérico estaba habitada por los denominados "celtas de iberia" es decir, las tribus celtíberas (arevacos, lusones, belos, etc.). Los vascones en el Pirineo Occidental (pueblo de origen desconocido) y los adelantados pueblos indígenas del sur (oretanos, turdetanos, túrdulos, etc. herederos de la mítica Tartesos), completaban el mosaico racial, que Roma sin duda unificó. Desde la fundación de Gadir (Cádiz) sobre el año 1100 a.C., los pueblos fenicios, griegos y cartagineses establecieron importantes colonias en la costas de la península Ibérica para intentar dominar el tráfico marítimo y el comercio, pero parece que no profundizaron en sus conquistas, manteniéndose siempre cercanos a la costa. Después del desastre de la primera guerra púnica, en 237 a.C., el cartaginés Amílcar Barca desembarcó en Gadir y desarrolló una base de poder en Hispania estableciendo la dinastía bárcida o bárquida. Asesinado su sucesor Asdrúbal (en 221 a.C.), Aníbal subió al poder y tomó la ciudad de Arse (Sagunto) dando comienzo a la Segunda Guerra Púnica. Con el apoyo de muchos hispanos (se había casado con la hija de un reyezuelo de Castulo) Aníbal marchó desde Hispania hacia Italia, logrando atravesar los Alpes y poner cerco a Roma. Escipión el Africano aprovechó la ausencia de Aníbal para avanzar sobre Hispania e incluso, para marchar hacia Carthago. En el 202 a.C., con la batalla de Zama, finalizó la Segunda Guerra Púnica, que estableció para los siglos venideros la supremacía romana del Mediterráneo. Contrariamente a la independencia sin unidad de los pueblos prerromanos de Iberia, la Hispania romana se caracterizó por la unidad sin independencia. Roma hizo de la península una parte de su Imperio acabando con la anterior diversidad de tribus no sin grandes dificultades, ya que tardó dos siglos en dominar la península. Durante ese tiempo, los romanos tuvieron que superar resistencias heroicas por parte de belos y lusitanos (comandados por Viriato), de arévacos en el histórico sitio de Numancia (143-133 a.C.) y también, comportamientos indómitos y escurridizos, como los de astures y cántabros en las guerras Cántabras que tuvieron lugar entre los años 29 y 19 a.C. Hispania fue también escenario de luchas internas entre romanos, la rebelión de Sertorio y las Guerras civiles entre Pompeyo y César, dan prueba de la importancia de estos territorios para el naciente Imperio Romano. Inicialmente dividida en dos provincias: Hispania Citerior (la más cercana geográficamente a Roma, que comprendía el centro, este y noreste peninsulares) e Hispania Ulterior (la más alejada de la metrópoli), desde el desembarco en Ampurias de Cneo Escipión (218 a.C.) hasta la llegada de Augusto, no se cambió esta división de Citerior y Ulterior, excepto en los límites geográficos que se iban acrecentando poco a poco, como resultado de las conquistas. En el 27 a.C., Augusto dividió la Hispania Ulterior en dos nuevas provincias (Lusitania y Baetica), llamando Tarraconense a la Citerior. El emperador Caracalla a comienzos del siglo III desgajó de la Tarraconense la provincia Hispania Nova Citerior Antoniniana -futura Gallecia-, que comprendía el noroeste peninsular.
Diocleciano, a principios del siglo IV, creó la Cartaginense (centro y este peninsulares, más las islas Baleares) dividiendo también la Tarraconense. A fines del siglo IV las Baleares pasaron a ser provincia insular llamándose Balearica. Por otro lado, el norte de África fue englobado en ese siglo como parte de Hispania con el nombre de Mauritania Tingitana, con capital en Tingis (actual Tánger). Consecuencia de todo ello, en el siglo V, Hispania se componía de siete provincias romanas, pero las invasiones bárbaras de principios de este siglo (409-414) dieron paso a una nueva época, los suevos crearon su propio reino en el noroeste y los visigodos dominaron la mayor parte de la península Ibérica durante casi los tres siglos siguientes. Con su derrota en Guadalete (711), los visigodos abrieron las puertas de la península a la rápida expansión del Islam. |

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